La Fábrica de Armas de La Cavada

En Cantabria se encontraba una de las fábricas de cañones más antiguas y desconocidas por los aficionados a la Historia. La creación de flotas armadas que protegiesen las rutas comerciales marítimas requirió el cambio de producción de las ferrerías y el forjado de los caros cañones de bronce al moldeado de los más modernos cañones de hierro colado. Ello supuso una revolución industrial debido al uso de nuevas técnicas de fundición. Se necesitaban unas importantes instalaciones​ para albergar altos hornos de gran capacidad con unas condiciones geográficas particulares donde asentarse y mano de obra muy cualificada.  En un principio fue fundada en 1616 en Liérganes por Jean Curtius (o Curçios), industrial de Lieja y proveedor de los ejércitos españoles en Flandes. Muchos de los primeros artesanos eran flamencos (muchos de sus descendientes siguen hoy en día por la zona). La zona disponía de buenos recursos hidricos, madereros y de canteras minerales para proveer a los altos hornos. Los dos primeros fueron San Francisco y Santo Domingo. El aumento de la demanda supuso la puesta en marcha de un proyecto mayor, la instalación de una nueva fábrica llamada Santa Bárbara en el paraje de La Cavada, en Riotuerto. En este lugar, a cinco kilómetros de Liérganes, se levantaron (entre 1635 y 1637) dos altos hornos (de los cuatro que llegó a tener) llamados San José y Santa Teresa. Las piezas fabricadas eran enviadas a Santander, donde eran almacenadas en el Castillo de San Felipe. De 1716 a 1800 vino la gran época de las fábricas, asentada en la importante expansión de las rutas del Atlántico y el mayor crecimiento de la Armada española por la protección de los barcos que hacían las rutas por las Indias. De 1716 a 1800 se construyeron en España, no sin problemas, un total de 103 navíos de línea con más de 6.900 cañones. En 1773 la Armada española disponía de 60 navíos con más de 6.000 piezas de artillería. No obstante, se perdieron 49 buques entre 1761 y 1805, sobre todo por combates navales. Esta época fue el gran despegue de los cañones de hierro colado y supuso un renombrado prestigio para las piezas hechas en las fábricas de Liérganes y La Cavada por su ligereza y seguridad. Era de sobra conocida en el mundo la calidad de estos cañones, que a pesar de disponer de poco ornato, tenían una gran virtud: No solían reventar aunque se sometieran a un prolongado fuego y “avisaban” antes con la aparición de grietas o pedazos expulsados, a diferencia de otros cañones que reventaban de improviso con el peligro que suponía para la dotación. Con la llegada de Carlos III en 1759 se interviene y expropia la fundición (que era privada), convirtiéndola en Real Fábrica en 1763. Se realizaron experimentos de fundición en solido con moldes de barro, fracasando en el intento. En 1771 en El Ferrol, reventaron dos cañones fundidos en La Cavada, por lo que se sometieron a todas las piezas fundidas en sólido a varias pruebas, de las que se obtuvieron un penoso resultado: El 80% de un millar y medio de cañones reventaron o se agrietaron. La producción se resintió durante esas decadas. En 1790 se construyó un sexto horno con la finalidad de cubrir este déficit y ayudar, en principio, a la fortificación de las plazas en las Indias. El declive de la marina española con la derrota en la batalla de Trafalgar afectó a la fábrica, que entró en crisis de sobreproducción y desde los últimos años del siglo XVIII su rendimiento cae en picado por tres factores: La falta de demanda de la Marina Real, la escasez de dinero y la falta de carbón. La Marina de guerra española experimentó una vertiginosa reducción de sus buques debido a los hundimientos en confrontaciones con el imperio británico. Así, y según José Alcalá-Zamora en 1796 constaba de 77 navíos de línea, 66 en 1800, 39 en 1806, 21 en 1814, 7 en 1823 y 3 en 1830.

En 1795 cerró la fabrica de Liérganes y la de La Cavada fue ocupada por los franceses durante la Guerra de la Independencia. Ya no levantó cabeza después y una riada en 1834 destrozó las presas. La Cavada fue clausurada en 1835.

En pleno valle del Río Miera y en el mirador que existe a media bajada, existen los restos de la infraestructura de la industria maderera que prosperó en la zona en los siglos XVI y XVII, a fin de abastecer a la Real Fábrica de Artillería de La Cavada con madera, como el Resbaladero de Lunada, que se puede ver durante la ascensión por la vertiente norte, y varias represas. Hoy en día solo vemos pastizales, pero hace 300 años estas montañas estaban llenas de árboles, que fueron talados para su uso en la fabricación de cañones.  Esta industria transformó el paisaje de la zona, de un entorno predominantemente forestal al paisaje de praderías actual, con algunos restos boscosos como el hayedo de la Zamina, en San Roque de Riomiera. Aquí podremos ver los restos del resbaladero de Lunada, un tobogán de 1.700 m. que se usaba para bajar la madera desde lo alto del puerto hasta el río Miera, donde era transportada corriente abajo hasta la fábrica de la Cavada. Es una obra de  ingeniería de 1791, ciertamente curiosa. Se puede ver todavía parte de la base de piedra del tobogán en su tramo final. Aquí más Información sobre el resbaladero. Esta madera estaba destinada a carbón vegetal para abastecer la fundición de cañones de la Fábrica de Artillería de la Cavada.

La cavada 020

Un lugar desconocido pero que fue la primera siderurgia e industria armamentística del país y produjo, durante más de dos siglos (entre 1622 y 1835) más de 20.000  piezas de artillería y munición de hierro destinadas a la defensa del Imperio español y a garantizar su dominio de los mares. A su cierre, la producción de cañones se trasladó a la Fábrica de Armas de Trubia (Asturias). En la Cavada todavía existen algunos de los edificios de la fábrica (talleres, cuerpo de guardia, arco de entrada y un pequeño museo). La fábrica de La Cavada y su Historia y un Documental de 10 min. de La 2, sobre la tala y la fábrica de la Cavada.

 

Autor: El viajero historico. wordpress. blog.

 

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